Para dar forma a una historia
Tomé este artículo hace un tiempo del blog La viga en mi ojo, que se mudó al sitio Guía de concursos literarios. Que, al parecer, tiene más lecturas.

Te acompaño con poesía
Tomé este artículo hace un tiempo del blog La viga en mi ojo, que se mudó al sitio Guía de concursos literarios. Que, al parecer, tiene más lecturas.
El martes pasado retomamos el Taller de la Palabra que dirige Mercedes Fernández. En esta oportunidad, Mercedes recomendó una serie de libros para quienes desean aprender a escribir.
Aquí está la lista:
Tal vez Cristina Bajo haya leído mi entrada anterior, donde yo buscaba nombres de libros guía que dieran consejos para escribir. Es muy probable que no, que esto sea una coincidencia más en el entramado de caminos que nos cruzan todo el tiempo con todos, lo veamos o no.
Con todo lo visionaria que es la novela 1984 de George Orwel -que imagina un régimen autoritario con policía omnipresente, pantallas de vigilancia en todas las casas y tergiversación de las noticias a favor del gobierno- desarrolla incluso una tendencia hacia la supresión de palabras que hoy parece estar de moda.
Mientras espero que termine de revisar a la beba y ya no sé qué más decir ni preguntar me veo deseando que la pediatra, esa mujer de delantal puro y sonrisa impecable, me confirme que estoy haciendo todo muy bien, que soy una buena madre.
Hoy traigo la síntesis de un texto que sirve para comunicarnos libres del lenguaje sexista.
La Suelta, Laura Fiochetta, compartió conmigo un documento muy práctico que en pocas páginas propone un uso no sexista de la lengua castellana. El título es Porque las palabras no se las lleva el viento… y lo escribió Teresa Meana Suárez, una española filóloga, profesora de lengua y literatura castellana en un instituto de secundaria de Valencia y feminista perteneciente a la Casa de la Dona de Valencia.
Al parecer las creaciones posmodernas deben ser intuitivas: software para novatos, páginas web para semi-analfabetos y aparatos simples para alérgicos a los manuales. ¿Y los libros deben ser también intuitivos?