Me dejaste en la puerta
una sonrisa a medias
y una palabra muerta
de la mañana aquella
que amanecí sin vos.
Olvidaste un gesto
de total desprecio:
El pensamiento tieso
en tener razón.
Y ese mismo día,
me dejaste aquello
que jamás pediría:
Entre tus destellos
un matiz de amor.
Aunque nació muy leve
(y con rancio orgullo)
dejó un suspiro breve
en nuestro mudo adiós.
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