Mil deseos que embrollan
vaya a saber en cuantos nudos,
prisionero en gatunas zarpas
que mi corazón malogran.
Un aventurero más
que se aprecia de liberto
me invita a navegar
otros rumbos, otros puertos.
Nueva vida me promete
un segundo que atropella:
lo que a mi me apetezca
tendré yo junto a su vera.
Ambos cruzan por mi vida
contagiándome alegría
y exponiendo en cada frase
su valor, su osadía.
Y aquí me encuentro inmóvil,
rosa vana e indecisa,
de uno tomo la sonrisa,
de otro el rose preciso.
De aquel su mote rojizo,
de este su total elegancia,
de aquel su fina constancia
y sus labios de poesía.
De este tomo la vida
con presteza, sin dolores,
tomo la nueva promesa
de sinceras razones.
Como pelota de tenis
seguiré, quizás, rebotando
y aquel gato, jugando
seguirá haciendo cordeles
mi corazón enredando.
Desenchufarme por completo. Creí que iba a ser hermoso estar sin teléfono ni whatsapp. Quizás me había quedado con una idea romántica de la desconexión total. La última vez que me entusiasmé con un trabajo de periodista —hace apenas tres años— anduve investigando el tema: entrevisté a tres personas que, pese a tener una vida social y profesional activa, no usaban mensajería de whatsapp ¡En en plena década del 2020! No sé si ustedes saben. Hace un tiempo que mi vida laboral gira en torno a la elaboración de alimentos agroecológicos, aunque sigo con la docencia universitaria y coordino talleres y acompañamientos en torno a la creatividad y la escritura humana. Entonces yo, con este gen ermitaño (de padre agricultor y madre lectora empedernida. Por algo soy poeta, pues), vengo y pierdo mi teléfono móvil. Entonces caigo, caigo y caigo en el deseo de desconectarme por completo de la pantalla. Nuevamente, porque esto ya me ha pasado antes . Lo curioso es que quedarme sin teléfono n...
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