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Lanzándome

El borde del abismo era placentero. Desde allí podía imaginarlo todo sin tomar riesgos. Resultaba cómodo criticar a quienes se equivocaban, cuando yo no me animaba a hacer. Era fácil esperar que algo importante sucediera para animarme a crear algo... [caption id="attachment_9" align="alignright" width="300"]Camino de cornisa en Las Yungas bolivianas Camino de cornisa en Las Yungas bolivianas[/caption] Pero a mi vista nada realmente importante había ocurrido durante años, entonces el borde del abismo comenzaba a resultarme conocido. Tanto, que esa línea pegajosa se convirtió en mi refugio casi permanente. Allí me alimentaba de migajas de sueños ajenos, me reconfortaban los silencios aturdidos y las siestas infinitas. Hasta que un día, mientras dormía, alguna parte de mí comenzó a tirarme hacia abajo mientras yo soñaba que estaba lanzándome. Me recibía el cante hondo de un hombre sin rostro y el zapateo de una mujer que lo acompañaba. Me recibía mi abuelo recitando coplas y mi abuela con un buen plato de puchero gitano. Cuando abrí los ojos ya estaba en un sitio distinto. Allí estaba una niña jugando a encontrar respuestas en una sopa de letras gigante. Levantó la vista y con aquella mirada extrañamente conocida me invitó a sentarme junto a ella. Al principio sentí deseos de seguir soñando y luego comencé a dudar: quizás el abismo había sido el sueño.

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