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Salvador Dalí. Ilustración de La Divina Comedia[/caption]
Insomnio
y la aventura de soltar
colgado de un globo feroz
el atisbo de esa duda
que desampara
en el centro
de la decisión que fue.
Silencio
y el crujir de un andamio
pilar guía o tumba
de la ardiente virtud
que devino en capricho
en honor al héroe-santo-prócer
que también murió.
Peligro
allí donde una pregunta
en el abismo de arriba
nivela
al son de un pestañeo
insomnio-silencio-y-miedo.
Desenchufarme por completo. Creí que iba a ser hermoso estar sin teléfono ni whatsapp. Quizás me había quedado con una idea romántica de la desconexión total. La última vez que me entusiasmé con un trabajo de periodista —hace apenas tres años— anduve investigando el tema: entrevisté a tres personas que, pese a tener una vida social y profesional activa, no usaban mensajería de whatsapp ¡En en plena década del 2020! No sé si ustedes saben. Hace un tiempo que mi vida laboral gira en torno a la elaboración de alimentos agroecológicos, aunque sigo con la docencia universitaria y coordino talleres y acompañamientos en torno a la creatividad y la escritura humana. Entonces yo, con este gen ermitaño (de padre agricultor y madre lectora empedernida. Por algo soy poeta, pues), vengo y pierdo mi teléfono móvil. Entonces caigo, caigo y caigo en el deseo de desconectarme por completo de la pantalla. Nuevamente, porque esto ya me ha pasado antes . Lo curioso es que quedarme sin teléfono n...
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